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El 20 de junio de 1820 falleció Manuel Belgrano, uno de los hombres más ejemplares de nuestra historia.

Antes de liderar las milicias libertadoras, ejerció como abogado, periodista, político y diplomático. Se interesó por la economía y por todo lo que tuviera que ver con los destinos de este Nación que asomaba.

Tenía en su mente y su corazón la más noble obsesión: la libertad del Virreinato del Río de la Plata. El 27 de febrero de 1812, inauguró una nueva batería, a la que llamó Independencia. Allí hizo formar a sus tropas frente a una bandera que había cosido doña María Catalina Echeverría, una vecina de Rosario.

La bandera tenía los colores de la escarapela de 1810, inspirados en el manto de la Inmaculada Concepción; colores elegidos, a su vez, por la dinastía de los Borbones para la condecoración más importante que otorgaban: la Orden de Carlos III.

Su creador ordenó a sus oficiales y soldados jurarle fidelidad diciendo “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad.”.

El 20 de julio de 1816 el Congreso de Tucumán otorgó al emblema celeste y blanco el carácter de símbolo patrio.

Mediante ley del año 1938 se establece el 20 de junio, fecha de paso a la inmortalidad del General Belgrano, como el Día de la Bandera cuyo valor supremo es ser un indicativo de nuestra soberanía e identidad nacional.

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