El trabajo invisible: ¿tiene el estado que regular los cuidados domésticos?
2014. En nuestro país, las tareas domésticas, el cuidado de los hijos, los ancianos o los enfermos es, en la mayoría de los casos, una responsabilidad de las mujeres. Inclusive cuando ellas se desempeñan laboralmente fuera de la casa. Ésta realidad arraigada y naturalizada por la sociedad es un indicio de la desigualdad que comienza a salir a la luz. En una nota para El Diario La Nación, Diana Fernández Irusta recorre y analiza las experiencias de otros países del mundo que, en algunos casos, han pasado del debate a las políticas públicas. Por Diana Fernández Irusta En Suecia, Canadá y Uruguay, hay campañas públicas para promover las políticas de cuidado. Anne-Marie Slaughter, brillante politóloga norteamericana, siempre creyó que el camino hacia la igualdad de género era inseparable del avance de la presencia femenina en puestos de poder. La hora de la verdad le llegó en enero de 2009, cuando se convirtió en la primera mujer directora de políticas públicas del Departamento de Estado norteamericano. cargo al que renunció 18 meses después, esgrimiendo razones que escandalizaron al feminismo de su país: Slaughter no podía conciliar las exigencias de la función pública con el cuidado de sus hijos. Semejante decisión puso el foco en “los trabajos de cuidado”, concepto que, para algunas feministas, impulsará en la economía del siglo XXI transformaciones de magnitud similar a las que el lema “lo personal es político” impulsó en la intimidad y la sexualidad del siglo XX. ¿Qué son los trabajos de cuidado? Mucho más que mecer un bebé o colgar la ropa: son una enorme masa de actividades que, escondida en el corazón de lo doméstico, incide, como demuestran algunas investigaciones, de manera considerable en el PBI de cualquier nación. Porque de los cuidados depende no sólo que las generaciones más jóvenes estén alimentadas, educadas y en condiciones -a su tiempo- de ingresar en el mercado laboral, sino también que todos gocemos de cierto bienestar emocional y los mayores, enfermos o discapacitados estén atendidos. Si las mujeres tradicionalmente se ocupaban de un ámbito tan crucial para el desarrollo de la sociedad, ¿cómo cubrir el espacio que ha dejado su ingreso masivo en el mercado laboral? Descartados tanto el regreso al modelo del ama de casa tradicional como la opción de idílicas “súper chicas” capaces de dobles o hasta terceras jornadas poslaborales, la Cepal alerta sobre la existencia de una “crisis de los cuidados” de nefastas consecuencias. Investigadoras y feministas proponen una solución: trasladar a lo público lo que alguna vez fue sagrado territorio de lo privado. Es decir, promover sistemas estatales de cuidado de niños, enfermos y ancianos del mismo modo en que se organizan sistemas de salud o educación; impulsar licencias por maternidad y paternidad que equiparen las responsabilidades de hombres y mujeres ante sus empleadores; asistencia personalizada gratuita para madres recientes o personas con familiares discapacitados; escuelas públicas con horarios extendidos, capaces de adaptarse a la dinámica laboral de las familias actuales. En países con estructuras estatales tan deterioradas como el nuestro, semejante propuesta parece inalcanzable. Sin embargo, muchas de estas opciones ya son una realidad en países europeos y latinoamericanos. ESTRUCTURAS QUE ATRASAN “Sigo creyendo que las mujeres podemos «tenerlo todo» (y los hombres también) -escribió Slaughter en The Atlantic tiempo después de su sonada renuncia-. Pero no hoy, no con el modo en que la economía y la sociedad están estructuradas”. ¿Habría que considerar, entonces, que la actual armazón social atrasa con respecto a la descomunal transformación experimentada por la población femenina? Algunos pensadores hablan de una “revolución estancada”: tras las grandes promesas de igualdad logradas en el siglo pasado, hoy las mujeres suelen dividirse entre las que se abstienen de las grandes ligas profesionales en pos de una dinámica familiar más equilibrada o, en el otro extremo, las que renuncian a la maternidad para insertarse con todas las letras en el competitivo universo laboral. En el medio discurre la gran multitud de mujeres madres y empleadas, con el cansancio a cuestas, las agendas saturadas y el estrés como modo de vida (al menos en nuestro país, se calcula que el 80% de las tareas domésticas y de cuidado está a cargo de la población femenina). Nada de esto se vislumbraba a mediados del siglo XX, cuando a la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral siguió el “estallido” de la familia nuclear y el consecuente derrumbe del esquema “hombre proveedor/mujer ama de casa”. Luego vendrían la maternidad a edad cada vez más avanzada y la prolongación de la expectativa de vida. Al menos en Occidente, no quedó espacio del mundo privado sin transformar, a excepción de uno: los cuidados y tareas domésticas. “El cuidado es un tema urgente -afirma Natalia Gherardi, directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA)-. Pero el Estado no se involucra, el mercado ofrece sus opciones en el sistema oferta /demanda y, finalmente, todo queda en las familias. Y, dentro de las familias, en las mujeres”. En plan de describir los agobiados hombros femeninos, Gherardi agrega un ejemplo especialmente ilustrativo: “En una sociedad que está envejeciendo, ¿quién se ocupa de los mayores? Las mujeres de la generación intermedia; o sea, las que están en edad laboral y, además, están criando a sus propios hijos”. Un informe de Cepal publicado en 2009 define la actual “crisis del cuidado” en América latina como “un momento histórico en que se reorganiza simultáneamente el trabajo salarial remunerado y el doméstico no remunerado, mientras que persiste una rígida división del trabajo en los hogares y la segmentación de género en el mercado laboral”. El resultado: mientras aumenta la cantidad de personas dependientes de cuidado, disminuye la proporción de aquellos -más bien, aquellas- que están en condiciones de asumir esos cuidados. Así, las mujeres insertas en el mercado laboral suelen sumar a la jornada diaria de trabajo lo que se llama el “segundo turno” y a veces, hasta un tercero, ligados siempre con las tareas de cuidado. “Mi experiencia como investigadora me indica que se están dando algunos











